Inglesa de nacimiento, pero mexicana en cualquier
otro sentido. Huyendo del regimen nazi, la pintora, escultora y escritora
surrealista llegó a México en 1942, lugar donde permaneció hasta el día de su
muerte, apenas el año pasado. Su obra retrata un mundo mágico (muy inspirada en
mitos celtas y, claro, en la obra de su gran amiga Remedios Varo) y mantiene
una identidad tan particular que confundirla con otra resulta imposible.
Luego de su fallecimiento en mayo de 2011, México vivió una franca etapa
de luto, nacida únicamente del amor con el cual el país adoptó a la británica
como propia. Decir que nos enorgullece como si de una oriunda se tratara es un
sobreentendido mejor ilustrado por los tantos años que su obra permaneció
montada sobre una de las avenidas más importantes de la capital: Reforma.

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